
Moda y Extractivismo: Apropiación Territorial y Ausencia de Retribución en el Diseño Global
La moda contemporánea opera dentro de una estructura global que reproduce desigualdades históricas, pues transforma territorios del Sur Global en fuentes inagotables de materias primas, estéticas y narrativas sin mecanismos de retorno. Esta dinámica responde a un orden económico que, como señalan análisis recientes sobre la economía mundial (Hickel, 2020), concentra riqueza en los centros de consumo mientras externaliza costos sociales y ecológicos hacia las periferias. Por ello, más que un fenómeno aislado, el extractivismo en moda constituye un patrón estructural que condiciona la forma en que se produce, circula y valora el diseño.
En este marco, el extractivismo estético se vuelve evidente cuando patrones, iconografías o paletas cromáticas provenientes de comunidades indígenas o afrodescendientes son incorporados en colecciones sin reconocimiento ni participación de sus creadores. Así, la industria convierte saberes colectivos en mercancías descontextualizadas, reforzando una lógica donde la cultura se trata como un recurso disponible para quienes poseen la capacidad de comercializarla. Por ende, la llamada “inspiración” funciona como un mecanismo que oculta relaciones de poder profundamente asimétricas.
A propósito de estas asimetrías, el extractivismo material intensifica la presión sobre ecosistemas vulnerables. La demanda de fibras naturales, tintes botánicos y recursos minerales ha generado nuevas formas de explotación que se presentan como sostenibles, pero que continúan operando bajo la misma lógica de extracción unilateral. No obstante, la retórica verde utilizada por muchas marcas no garantiza redistribución económica ni participación comunitaria, lo que evidencia que la sostenibilidad declarada puede convertirse en un instrumento de legitimación más que en un compromiso real.
De manera complementaria, el extractivismo narrativo transforma territorios complejos en escenarios simbólicos destinados a alimentar campañas publicitarias. La moda recurre a imágenes del Sur Global para construir relatos de autenticidad, espiritualidad o exotismo que funcionan como capital cultural para las marcas. Sin embargo, esta estetización borra las historias de resistencia, los conflictos socioambientales y las desigualdades que atraviesan dichos territorios. Por lo tanto, la narrativa se convierte en un recurso más que se extrae sin devolver valor.
Estas dinámicas se alinean con estudios que muestran cómo las cadenas de valor global prosperan precisamente en contextos de vulnerabilidad (Tsing, 2015). Allí donde los territorios enfrentan precariedad económica o ambiental, la creatividad local se vuelve materia prima para industrias que no establecen relaciones de reciprocidad. En moda, esta lógica se traduce en colecciones que celebran lo “ancestral” o lo “artesanal” sin comprometerse con las comunidades que sostienen esas tradiciones, perpetuando así una economía cultural profundamente desigual.
Frente a este panorama, resulta imprescindible promover un diseño que cuestione la relación extractiva entre moda y territorio. Un enfoque ético exige trazabilidad verificable, redistribución económica, colaboración directa con comunidades y procesos que regeneren, en lugar de agotar, los ecosistemas. Además, implica una narrativa responsable que represente los territorios desde su complejidad y dignidad, no desde la exotización. Por lo tanto, el diseño deja de ser un ejercicio meramente estético para convertirse en una práctica política orientada al cuidado.
En este sentido, algunas propuestas emergentes demuestran que es posible construir una moda que no dependa de la desposesión. Estas iniciativas priorizan el respeto por los territorios, la transparencia en la cadena de valor y la coherencia entre discurso y acción. Su compromiso con la ética no es un accesorio, sino el fundamento de su identidad, y su aproximación al diseño se basa en la reciprocidad, la responsabilidad material y la conciencia ecológica. Así, ofrecen alternativas reales frente a un sistema que históricamente ha privilegiado la extracción sobre la restitución.
Por lo tanto, en un contexto donde la moda extractiva continúa reproduciendo desigualdades, el papel del consumidor se vuelve decisivo. Optar por marcas que devuelven valor a los territorios, que trabajan con responsabilidad material y que honran los saberes que inspiran sus diseños es una forma concreta de resistencia cultural. La educación crítica sobre estos temas no solo transforma la manera en que consumimos, sino también la manera en que entendemos el vínculo entre creatividad y justicia. Elegir prácticas éticas es, en última instancia, una apuesta por un futuro donde la moda deje de extraer y comience a retribuir.
