Moda y Disforia Étnica: Tensiones entre Representación, Identidad y Mirada Social

La disforia étnica se ha convertido en un concepto fundamental para comprender el malestar que experimentan las personas racializadas cuando sus rasgos, orígenes o corporalidades se enfrentan a sistemas estéticos que privilegian la homogeneidad. Aunque no constituye un diagnóstico clínico, la psicología social ha demostrado que la presión por ajustarse a normas dominantes puede generar tensiones identitarias persistentes. Homi Bhabha (1994) explica que los sujetos racializados viven en un estado de negociación constante entre su autoimagen y las expectativas culturales que les son impuestas, lo que produce una sensación de inestabilidad simbólica. Esta perspectiva permite entender la disforia étnica como un conflicto entre la identidad interna y la identidad socialmente asignada.

La literatura crítica también ha mostrado que la percepción del propio cuerpo está profundamente influida por estructuras históricas de racialización. Frantz Fanon (1952) argumenta que la mirada social actúa como un mecanismo que fija al individuo en una posición jerárquica, generando un distanciamiento entre el yo vivido y el yo percibido. Desde esta lectura, la identidad corporal se convierte en un territorio donde el sujeto internaliza discursos que lo sitúan como “otro”, intensificando sentimientos de rechazo hacia sus propios rasgos étnicos. Este marco teórico resulta especialmente relevante para analizar el papel de la moda, ya que se trata de un sistema visual que moldea imaginarios colectivos y define qué cuerpos son legitimados.

En este contexto, la moda adquiere un papel determinante porque opera como una tecnología cultural que establece los parámetros de visibilidad y deseo. Cuando los cánones estéticos se construyen desde lógicas eurocéntricas, se refuerza la idea de que ciertos rasgos deben ser suavizados o corregidos. Esta dinámica afecta la autoestima y condiciona la relación que las personas racializadas establecen con su propia imagen. Por lo tanto, cualquier estrategia orientada a mitigar la disforia étnica debe comenzar por cuestionar los sistemas de representación que la moda reproduce.

Los creadores de moda tienen la capacidad de intervenir en este proceso mediante la ampliación de los imaginarios visuales. La inclusión de fenotipos diversos, presentada desde una estética contemporánea y no desde la exotización, contribuye a generar un espacio donde las identidades étnicas se perciben como parte integral del paisaje cultural. Esta práctica no se limita a mostrar cuerpos distintos; implica construir narrativas visuales que legitimen la pluralidad como un valor estético y social.

La autorrepresentación dentro de la industria también es un componente esencial para reducir el malestar identitario. Cuando diseñadores, fotógrafos, estilistas y modelos racializados participan activamente en la creación de imágenes, se produce una redistribución del poder simbólico. Esta presencia transforma la moda en un espacio donde las identidades pueden expresarse sin mediaciones que distorsionen su complejidad. La autorrepresentación fortalece la agencia cultural y amplía la diversidad visual desde una perspectiva auténtica.

Otro aporte significativo proviene de la revalorización de estéticas culturales desde un enfoque ético y contemporáneo. La moda puede funcionar como un puente entre tradición y modernidad cuando integra elementos culturales sin convertirlos en mercancía folclorizada. Este tipo de traducción estética permite que las personas racializadas encuentren en la moda un espacio para resignificar su herencia, reconectando con ella desde el orgullo y desde una visión proyectada hacia el futuro.

La educación visual también desempeña un papel fundamental. Las campañas, editoriales y colecciones que contextualizan las estéticas racializadas contribuyen a desmantelar prejuicios arraigados. Al ofrecer información y narrativas críticas, la moda puede transformar la percepción pública sobre la diversidad étnica y reducir la presión social que alimenta la disforia. La pedagogía visual se convierte así en una herramienta para modificar imaginarios colectivos y promover una cultura estética más inclusiva.

En última instancia, mitigar la disforia étnica desde la moda implica asumir una responsabilidad ética: reconocer que cada imagen producida tiene el poder de sanar o herir. Los creadores que deciden ampliar los horizontes de representación no solo transforman la industria, sino que también contribuyen a que las personas racializadas encuentren un espacio de reconciliación con su identidad. La moda, cuando se ejerce con conciencia crítica, puede convertirse en un territorio de reparación simbólica y en un acto de resistencia frente a las narrativas que históricamente han limitado la experiencia étnica.

Bénieller Editorial

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