
La posverdad y su infiltración en la moda contemporánea: narrativas, banalidad y erosión ética
La posverdad se ha convertido en uno de los conceptos más influyentes para comprender la cultura contemporánea. Su origen moderno se remonta a 1992, cuando el dramaturgo Steve Tesich reflexionó sobre la reacción pública ante el escándalo Irán-Contra y la Guerra del Golfo. En su análisis, Tesich argumentó que la sociedad había decidido “vivir en un mundo donde reina la posverdad”, es decir, un entorno donde las narrativas emocionalmente convenientes prevalecen sobre los hechos verificables (Tesich, 1992). A propósito de este planteamiento, diversos autores han profundizado en cómo la posverdad emerge cuando la emoción se vuelve un criterio más persuasivo que la evidencia.
En esta línea, el filósofo Miroslav Vacura sostiene que la posverdad surge de una transformación profunda en la relación entre el conocimiento experto y la esfera pública. Según su análisis, la autoridad del dato científico se debilita en un ecosistema mediático saturado, donde la información circula sin filtros y la opinión adquiere un peso desproporcionado (Vacura, 2020). Por ende, la posverdad no es solo un fenómeno discursivo, sino un síntoma de una crisis epistémica más amplia. Asimismo, Dante Avaro explica que la posverdad prospera cuando las verdades empíricas y las narrativas emocionales coexisten en un equilibrio frágil, susceptible de inclinarse hacia la manipulación cuando los actores públicos priorizan la conveniencia política sobre la precisión factual (Avaro, 2021).
En conjunto, estas perspectivas evidencian que la posverdad no es un accidente histórico, sino una consecuencia de transformaciones tecnológicas, culturales y mediáticas que han reconfigurado la forma en que se produce y se legitima la verdad.
La posverdad como estética dominante en la moda
La moda, como industria basada en símbolos, narrativas y percepciones, se convierte en un terreno fértil para la lógica posverdadera. Por lo tanto, no sorprende que muchas dinámicas contemporáneas del sector operen bajo los mismos principios que estructuran la política posfactual. La apariencia adquiere un valor superior al hecho; la historia que se cuenta importa más que la realidad que la sustenta.
En este contexto, el greenwashing es un ejemplo paradigmático. Marcas que apenas implementan cambios superficiales en sus procesos productivos se autoproclaman “sostenibles”, apelando a la sensibilidad ambiental del consumidor. No obstante, estas afirmaciones suelen carecer de evidencia verificable, lo que demuestra cómo la emoción —culpa ecológica, deseo de responsabilidad, aspiración moral— se impone sobre la transparencia. Por ende, la moda no solo reproduce la posverdad: la estetiza, la comercializa y la convierte en un producto aspiracional.
Influencers banales: la autoridad vacía como síntoma cultural
En paralelo, la figura del influencer banal se ha consolidado como un actor central en la economía de la atención. Se trata de individuos con gran visibilidad digital pero con escaso conocimiento técnico de la industria. Su autoridad no proviene de la experiencia, sino de la capacidad de generar deseo. Sin embargo, este fenómeno plantea un problema ético significativo: la legitimidad se desplaza desde el saber hacia la popularidad.
Por lo tanto, cuando estos influencers recomiendan productos, tendencias o discursos sobre sostenibilidad sin comprensión profunda, contribuyen a la expansión de la posverdad estética. La audiencia confía en ellos no por la veracidad de sus afirmaciones, sino por la familiaridad emocional que generan. No obstante, esta dinámica erosiona la responsabilidad informativa y normaliza la superficialidad como criterio de autoridad.
Marcas que negocian su ética a cambio de presencia digital
A propósito de esta banalización, muchas marcas han comenzado a negociar su ética a cambio de visibilidad. En lugar de colaborar con expertos, artesanos o voces informadas, optan por figuras con alto alcance digital, aun cuando estas contradicen los valores que la marca afirma defender. Por ende, la coherencia se sacrifica en favor del impacto inmediato.
Esta práctica no solo reproduce la lógica de la posverdad —donde la apariencia de autenticidad sustituye a la autenticidad misma—, sino que también debilita la confianza del consumidor informado. No obstante, la industria continúa privilegiando la visibilidad sobre la integridad, lo que evidencia una tensión profunda entre ética y mercado.
Invitación a la lucidez crítica
La posverdad no es un fenómeno aislado ni exclusivo de la política; es una estructura cultural que permea la forma en que consumimos, deseamos y nos representamos. La moda, al operar mediante símbolos y narrativas, se convierte en un espejo privilegiado de esta lógica. Por lo tanto, resulta urgente que consumidores, marcas y creadores desarrollen una mirada más crítica, capaz de distinguir entre relato y realidad.
¿Qué tipo de consumidor eres? ¿Alguien que examina con rigor lo que compra o alguien cuya falta de conciencia se convierte en terreno fértil para las narrativas que las marcas de ética frágil necesitan para prosperar? La pregunta es incómoda porque desplaza la responsabilidad hacia el lugar donde más duele: nuestras propias decisiones. En un mercado saturado de discursos aspiracionales, la industria ha aprendido a envolver cada prenda en un relato moralmente tranquilizador, diseñado para activar emociones antes que pensamiento crítico.
En este escenario, el acto de comprar deja de ser una elección estética para transformarse en una transacción emocional donde el consumidor adquiere, más que un objeto, una coartada simbólica. La sostenibilidad se convierte en un eslogan, el activismo en un accesorio y la autenticidad en un gesto performativo. La moda ofrece historias que sustituyen hechos, y símbolos que reemplazan compromisos reales, mientras la audiencia acepta estas ficciones porque resultan más cómodas que la complejidad del mundo material.
Sin embargo, asumir estas narrativas sin cuestionarlas implica renunciar a nuestra capacidad de discernimiento. La responsabilidad no recae únicamente en las marcas que manipulan la sensibilidad colectiva, sino también en quienes consumen sin interrogar las estructuras que legitiman estas ficciones. Mirar más allá de la estética exige desmontar la comodidad narrativa que la moda ofrece, identificar cuándo un discurso opera como sedante moral y reconocer cuándo una promesa simbólica encubre prácticas que contradicen los valores que dice defender.
En este contexto, recuperar la verdad como valor cultural se convierte en un gesto de lucidez crítica. Implica resistir la tentación de aceptar relatos prefabricados, exigir coherencia entre lo que se comunica y lo que se produce, y rechazar la reducción de la percepción a mercancía. La reflexión se vuelve urgente: no para condenar la moda, sino para devolverle su potencial como espacio de conciencia, agencia y responsabilidad.
